@Cinthia_Ruiz
Décirs
Nov 20, 2018 Chapter 1
Un hermoso paisaje se puede admirar a las afueras de Francia. Donde una vez no existía vida, la tierra débil y apuntó de desfallecer otorgaba un aire sombrío y triste. Pero un día de manera milagrosa un árbol comenzó a crecer.
El enigmático lugar se encuentra conformado por exóticos árboles, desde los más grandes hasta los más pequeños, sus abundantes hojas caen con sutileza y elegancia por sus ramas, largas ramas unidas por un tronco fuerte y con gran vida.
Los árboles se regocijan bailando al compás del otro, el viento remueve sus hojas, formando una alfombra de hojarasca. El suelo ha sido teñido en color esmeralda, creando un camino hacia el "Décirs". El árbol más grande y hermoso de todos, el encargado de otorgarle vida a aquel lugar.
Jamás deja de florecer, son hermosas sus blancas y abundantes hojas. Y con él nació una leyenda sobre su misterioso poder. El que logre tomar una de sus exóticas hojas y la lleve consigo a casa, obtendrá buena salud, cualquier enfermedad será curada. Miles han viajado para conocer tan maravilloso lugar.
Las hojas frescas son pisoteadas por un calzado viejo, desgastado. Pasos lentos resuenan con inquietud entre el pacifico entorno. En la lejanía se observa a un hombre mayor, usa un sombrero en color negro que cubre su cabello canoso, viste un pantalón parchado, una camisa desgastada y percudida. Su mano derecha se aferra a un bastón de madera hecho a mano, el cual, lo ayuda a permanecer de pie.
Avanza hasta el "Décirs", embelesado por la hermosura de aquel árbol. Una sonrisa se dibuja en su rostro, provocando que sus arrugas sean más prominentes, sin aire en sus pulmones se detiene frente a él.
El brillo en sus ojos resplandece, observa hacia arriba impresionado por la gran altura que posee. Se estira un poco, tambaleando en el intento, su mano sube lo más alto posible sin lograr su objetivo, tomar una hoja. Su cuerpo vuelve a tomar su encorvada postura mientras el hombre mayor toca su barbilla, sumergido en sus pensamientos.
Transcurren los minutos y no encuentra la manera de alcanzar una de sus hojas. Y es que ese árbol posee miles de hojas, pero ninguna al alcance del ser humano, estas no caen de sus ramas en ningún momento. El que quiera poseer su poder, deberá demostrar que lo merece, con esfuerzo, con fe.
Con gran desilusión y un rostro apagado, el anciano se retira del lugar, mientras los árboles revolotean con euforia, como si se birlaran de aquel pobre hombre.
Al día siguiente, el mismo hombre apareció. Con su mano izquierda arrastraba con esfuerzo una escalera, se posicionó frente al árbol y la colocó sobre su tronco. Subió lentamente entre jadeos, tambaleó por el inestable suelo y el mal equilibro del anciano. Sin importarle sufrir alguna caída, estiró su cuerpo al máximo sin obtener suerte. Desesperado, comenzó a dar pequeños brincos sobre la superficie metálica, hasta que está colapso, provocando su caída. Con un fuerte gruñido de dolor, observó su palma, la cual había comenzado a sangrar, al igual su rodilla. Con dificultad se puso de pie, respiro hondo y con movimientos torpes se retiró nuevamente del lugar.
Por tercera vez, el anciano regresa sin nada en las manos, más que su bastón. Se aproxima hacia el árbol y se inclina, reposando sus rodillas sobre el suelo. Esculca sus bolsillos hasta encontrar una fotografía. Los árboles son testigos de la imagen que porta entre sus manos, donde se encuentra él en compañía de su esposa, coloca la fotografía sobre su pecho y comienza a rezar.
Los árboles se estremecen al escuchar sus plegarias, con devoción pide por la salud de su amada. El "Décirs" permanece intacto, pasando por alto el dolor del anciano. Los demás árboles observan la escena, furiosos por la fría actitud de su creador, comienzan a removerse con brusquedad. El viento es fuerte, salvaje. Se aferra al sombrero y la fotografía. Intenta ponerse de pie pero un fuerte remolino de viento lo hace caer nuevamente.
El anciano decide retirarse por el mal clima, un fuerte y salvaje remolino le arrebata su sombrero, se inclina para poder recuperarlo y observa dentro de él una hoja blanca.
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Ezequiel Jiménez nació en San Francisco de Macorís, República Dominicana, en 1981. Su niñez y parte de su adolescencia transcurrieron en Las Guáranas, un pueblo de su región natal. Más tarde, cuando contaba catorce años de edad, emigró a los Estados Unidos.
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